La nueva película de Haneke ha ganado la palma de oro del festival de Cannes. Su título es Das weisse Band, que seguramente se traduzca aquí como La cinta blanca. Ya sea por deformación profesional o por coincidencia en ciertos puntos de interés en la sociedad contemporánea (la violencia, la perversión...), su cine me parece importante dentro del panorama actual. Así que espero con ganas el estreno español de esta película, que según dicen será a partir de septiembre. Os dejo con una respuesta a una entrevista concedida al diario El país. Creo que es bastante significativa:
P. ¿Eso es también lo que intenta lograr con los largos planos fijos y en blanco y negro de Das weisse Band?
R. Siempre me ha gustado crear en el cine el tipo de libertad que se tiene cuando se lee un libro, donde se dan infinitas posibilidades imaginativas. En los largos planos de mi película, la mitad de los espectadores ve que sucede algo, la otra mitad no percibe nada. Ambas formas funcionan. Siempre llenamos la pantalla con nuestras propias vivencias. Lo que vemos proviene de nuestro propio interior.
Sandy: No sé si eres un pervertido o un detective. Jeffrey: Cuando lo descubras, avísame.
Este es el final de un diálogo entre dos de los personajes del film de Lynch, Blue Velvet: el protagonista, Jeffrey Beaumont, y su novia "normal", Sandy, interpretada por Laura Dern. Nunca se me ha borrado de la mente desde la primera vez que lo escuché. Y es que Lynch tiene una capacidad grandiosa para crear escenas memorables. Mi favorita es, quizás, la de Bobby Perú en Wild at heart, Corazón Salvaje, junto a la misma actriz, Laura Dern: "fuck me, say fuck me...". Impresionante. Pero ahora no es momento de hablar de eso. Ni de Lost Highway y la llamada a la casa. Ni del final de The straight story. Es momento de Blue Velvet. Y Blue Velvet es el universo Lynch en el sentido del sonido especialmente. Todas las secuencias tienen un tratamiento sonoro excelente, dando pistas y generando emociones, contradictorias a veces, en todo lo que vemos e invitándonos con ello a ir más allá, a dejar el mundo tal y como lo conocemos y adentrarnos en lo profundo, en lo oscuro, tal y como hace la cámara al inicio cuando se adentra en el césped del jardín para ver la lucha -la vida- de algunos insectos.
Y todo se dirige hacia ese páramo desolado: el personaje de D. Hopper, Frank Booth, es impresionante aunque no le queda muy a la zaga el interpretado por Brad Dourif como Raymond. Todos ellos pertenecen a ese lado oculto, al rincón oscuro de la existencia. Y lo interesante de todo eso es el morbo y el deseo que corroen al protagonista, Jeffrey, por adentrarse en él y conocer algo de sí mismo que nunca se ha atrevido a observar. Su deseo de "vivir una aventura" fruto de un aburrimiento cercano al spleen parisino del XIX, no es más que el deseo de lo prohibido, de la vertiente oscura del ser humano y de sí mismo. O, por decirlo de otra manera, de su lado pervertido (o deberíamos decir perverso) en lugar del de detective.
No soy muy deboto de Spielberg aunque reconozco que es un grande. Sabe hacer cine como pocos. Emocionar como pocos. No es momento de discutir si abusa o no del sentimentalismo (que en todo caso juega con gran clase a pesar de ser un mecanismo completamente dirigido a atrapar al espectador emocionalmente). Sólo recordar uno de los momentos más grandes de una de sus películas, El imperio del sol, nombre que me trae recuerdos de un niño que quería salir de la sala de cine (y salío, haciendo salir a su padre también) porque sentía miedo de unas imágenes extrañas, duras y difíciles de comprender para su mente. Hoy tomando una cerveza con Rufián el Elegante ha salido el tema. No sabemos muy bien cómo. Pero merece la pena dejarlo escrito. En concreto me refiero a la secuencia que empieza hacia el minuto 2 del video. Pero está bien ver lo que hay inmediatamente antes para comprender cómo lo juega Spielberg: un niño que ha perdido la inocencia y que la recupera justo en ese momento, siendo el rey de un castillo desierto por el que pasea con su bicicleta sin rendir cuentas a nadie. Y después de esto, el colofón. En definitiva, una de esas secuencias tan buenas, tan bien preparadas (la llegada de los padres, la música, la espera de los dos grupos hasta que alguien se atreve a dar el primer paso, el reencuentro, los gestos...). No puedo evitarlo. Siempre que la veo acabo igual.